Yo, ciudadano
La fiesta de la nao o por
qué los globos de este gobierno no se elevan
Gustavo Martínez
Castellanos
En uno de los viajes de la nao de China
llegó a Acapulco la primera palmera que apareció en nuestras costas. Todas
crecen inclinadas contra el viento que viene
del mar.
Más de cinco siglos después, en
Acapulco, un piquete de pillos asaltó el presupuesto del área para un festival
con tintes culturales que celebraba la fiesta de cada arribada de esa nave
construida en cualquier parte del mundo hispano, nunca en México. La última
versión de esa fiesta inverosímil encajó perfectamente con la noticia de que el
gobierno de Peña Nieto gastará mil millones de dólares en astilleros gallegos
en detrimento de nuestra economía, nuestro empleo y los astilleros nacionales. Medio
milenio más de atraso.
El arribo de cada nave se daba a
finales de noviembre; en esas fechas los alisios –o vientos dominantes del
norte- y la corriente marítima hemisférica empujaban a la nao hacia la costa
americana una vez alcanzado su máximo punto en el septentrión oriental.
El sitio en el que se resguardaba la
nao en su estancia en Acapulco es el actual club de yates. En un rincón de ese
rincón de la bahía, subsiste el viejo astillero en el que se le hacían
reparaciones; ahí, hoy, todo carpintero rivereño sabe lo que cualquier parachute ride nunca debe olvidar:
navegar con el paracaídas siempre abierto contra el viento: es decir, contra el
horizonte, porque el viento siempre sopla del mar. Siempre sopla del mar.
El comercio con oriente fue un
negocio hispano, pero, según el director del Fuerte de San Diego, también un
hecho histórico; por eso –aduce- se hace la fiesta de la nao. Sin embargo,
olvida que la toma del fuerte de San Diego por Morelos también es un hecho
histórico y por él no hace ni promueve fiestas. Su estulticia e ignorancia son
lastimeras, y recientemente alardeó de ellas al decir que Morelos sitió al
Fuerte unos meses, cuando en realidad
sitió a la ciudad de Acapulco y a su fortaleza por más de dos años.
La fiesta de la nao, así, es otra
celebración al conservadurismo local (Elthon John en Chapultepec), a tono con
las fiestas patronales católicas con las que, este año, se confundió: los
cohetes de su clausura estallaron junto a los cohetes del día de San Judas.
Pero no sólo eso, también se fundieron con la celebración de la erección del
estado de Guerrero: mientras en Chilpancingo había júbilo por la creación de
nuestra entidad en Acapulco había júbilo por el comercio español que motivó nuestro
atraso y miseria económicos.
Pero no todo es fiesta; días
después, contra la muralla de hoteles que cercan la playa, una parvada de
globos aerostáticos pugnaba por elevarse y sus dueños lo impedían porque el gobierno
ignoró todo lo que cualquier lanchero o pescador sabe de sobra: el viento que sopla
del mar los hubiera estrellado contra los hoteles, las luminarias o contra el
cableado eléctrico, y aquello hubiera acabado en un desastre sobre la ciudad.
Otro.
Por eso la cultura en Guerrero
tampoco despega: este gobierno encubre nuestras carencias con fiestas y además las
etiqueta como eventos culturales mientras lo que somos, nuestro conocimiento y
análisis más elementales son soterrados al arcón de trebejos.

Agradezco la invitación a la fiesta
de la Nao, no fui
pero estuve pendiente. También agradezco la idea de que la fiesta de la nao se
funda con el Fandango Guerrerense, auténtica celebración nuestra. Espero que
algún día sean sólo una, un solo fandango: el nuestro.
Nos leemos en la crónica gustavomcastellanos@gmail.com;